Las Campanas de las 9:27

8 Feb

Salamanca en febrero esta helada, pero se lleva bastante bien. Cuando me cruzo un vendedor de castañas le compro un cucurucho calentito por un eurito de nada. Y es que tan baratas y con tanto frio, saben diferente. Mi mente catalana piensa en hacer de esta primera compra una de esas rutinas que uno luego recuerda melancólicamente cuando se marcha. Podría, pienso, merendar a diario castañas y tener las manos calientes de vuelta a casa, y por tan solo un euro.

La verdad es que no he vuelto a tomar castañas desde entonces, pero si que han ido apareciendo unas cuantas rutinas agradables. Los olores a hornazos y empanadas de carnes y longanizas (he caído ya unas cuantas veces), o los señores de piedra que me cruzo cada día en mi paseo matinal a las casas del parque. El maestro salinas, delante de la casa de las conchas, parece poseído por algún espíritu. Luego, delante la dichosa ranita, está Fray Luis de León bendiciendo algún niño invisible y, ya llegando, con la catedral nueva y su neblina matinal de fondo, Nebrija, que parece que le haya dado una embolia. A las 9:27 las campanas me avisan que llego puntual.

Esto es el paraíso. Trabajo una horita y a las 11 salimos otra vez por el casco antiguo a por el café diario en el Don Quijote. Mi objetivo aquí es probar todos los pinchos durante mi estancia, aparte de ir agrandando el estómago para la ya cercana visita al Akelarre. De momento el título de favorito se lo lleva el de morcilla y foie, seguido de cerca por los huevos revueltos con bacalao. El tándem pincho-café sale a 1.80. Que le den a las castañas.

Mis comidas se reparten entre menús universitarios, dónde intento socializar, y los tuppers mirando al Tormes y su puente romano, a salamanca extramuros, a prados y al horizonte. Como solitariamente en 5 minutos y leo un buen rato.

Martes y jueves me voy a un pequeño club de esgrima que no acaba de arrancar del curso de iniciación. Más que un club son dos pistas montadas en un gimnasio soterrado bajo la facultad agraria, más bien lejos del centro. Hasta que consigo una espada, un pasante y una pista pasa media hora. Y la gente viene mas a charlar (mira que hay cafes bonitos) y a hacer ver que hacen deporte. Les doy cuatro espadazos y al frío de nuevo. Al dia siguiente otra vez: estatuas, catedrales, pinchos, hornazos, integrales, integrales, integrales…

Rutinas que, cuando uno esta de visita, le parecen lo mejor del mundo.

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3 Responses to “Las Campanas de las 9:27”

  1. Cris 10/02/2012 at 00:08 #

    I no t’oblidis del Cervantes, de l’Hernán Cortés, Colón, Isabel II, Fernando VII, el rey Juan Carlos, la princesa Sofia… i tants d’altres que no et treuen els ulls de sobre, menjant-se amb la mirada petrificada, el teu entrepà de pernil.

    😉

    • nuria 10/02/2012 at 21:41 #

      M’encanta com escrius Axel! doncs per aquí a Modena jo també començo a tenir les meves rutines … anar amb la bici per la neu i perdre’m cada dia una mica menys està siguent un èxit.

      I també espero amb ànsia l’hora de dinar (12,30-13h) per anar a buscar el meu sandwich (el preferit: gnoci fritto amb salami!) o el meu plat de pasta (els strozzapreti amb rucula són boníssims!) o la meva pizza …

      un petó molt gelat!!

      nuria

      • axelperezobiol 12/02/2012 at 19:52 #

        oh, es que italia mai decepciona, i la hora de dinar tampoc 🙂
        Doncs no coneixia la forma dels strozzapreti 😛
        Petons gelats gelats!
        Axel

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