La Sierra

12 Feb

Yo sabia que tenia antepasados por ahí fuera de Cataluña, pero no recordaba que de hecho eran mis abuelos maternos y su familia, ni que nacieron en pueblos del sur de castilla. Así que, estando a salamanca, me he ido a visitarlos.

De camino al primer pueblo, San Esteban de la Sierra, unos 60 km al sur de Salamanca, conducimos a través de dehesas, con sus vacas y toros y encinas esparcidas a lo ancho. Voy con “tía Angelita” (una tía segunda) y su marido Manolo que me cuentan las funciones y vidas de cada animal. Hacia el final del trayecto se acaban las llanuras y entramos en la sierra. Por el pueblo pasa el Alagón, un afluente del Tajo, bastante pequeño y en parte helado. Travesamos un puente romano y paseamos entre casas de piedra. Los olivos dejan manchas negras de las aceitunas maduras que han ido cayendo. Pasamos huertos y viejas destilerías de aguardiente. Entramos a calentarnos en el bar de mi tío segundo, y luego llamamos al balcón de una tal Manoli, que nos tira las llaves de la iglesia. Para lo pequeño que es el pueblo, la iglesia no está nada mal.

Me enseñan sus propiedades, que no son pocas: un par de casas bien reformadas, una antigua panadería dónde habían trabajado durante años, y una casa medio abandonada, con sus ganchos en el techo para secar las longanizas, su enorme y antigua chimenea, herramientas porcinas varias y algún que otro cepo. También me enseñan la máquina de hacer chorizo y los cuchillos con que mataban los cerdos, todo algo oxidado.

Comemos y conducimos al pueblo de al lado, Santibañez de la Sierra, donde hay mas familia y mas negocios familiares. Son mas tíos y tíos abuelos segundos, propietarios de viñas y campos de cerezos, y un ultramarino, que por lo que he visto y entendido, equivale a un colmado, o, más apropiadamente hoy en día, a un chino. Nos juntamos en una casa de tres pisos bastantes familiares, el parentesco del cual ya no recuerdo. Me encuentro rodeado de gente que suma la edad de matusalén hasta que viene una prima segunda, el nombre del cual tampoco recuerdo, y damos una vuelta por el pueblo. Me dice que aquí la que guardaba las llaves de la iglesia murió, y ahora no sabe como se entra. Al irme me dan tres botellas de tres colores diferentes: vino tinto, licor de hierbas y aguardiente.

Volviendo y con la puesta de sol las dehesas son mas bonitas todavía. Vemos algunos toros bravos corretear entre siluetas de encinas, el cielo violáceo de fondo. La dos torres de la catedral de Salamanca están iluminadas y se ven un quilómetro antes de llegar. En el piso y después de una ducha caliente, siento haber aprovechado bien el día, aunque me alegro de descansar de tanto tío segundo y tanta España profunda.

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